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Bodas Millenial

Si naciste entre 1981 y 1995 sos entonces la generación “millenial”.

Acá, en primera persona, voy a contar un poco acerca de la mía.

Si bien, nuestro regalo de bodas por parte de nuestras madres, fue “La fiesta”,  ninguna de las dos nos obligó o impuso a hacer nada que no quisiéramos para nuestro día.

La boda se celebró a partir del mediodía, a nuestro gusto y con la gente que nosotros quisimos que esté. Obviamente al ser un regalo, dimos un poco de libertad a nuestras familias para que invitaran a sus amigos más íntimos y cercanos.

La decoración, fue muy rústica, con banderines, frascos de dulces como centros de mesa, y las únicas flores naturales que tuvimos como deco fueron las ghysophilas. Bien simples y frescas.

El salón tenia una galería divina, en dónde se celebró la recepción, y dónde pusimos algunas mesitas con mantelitos a cuadritos en rojo, azul y verde.

Luego, bajo el sonido de “Wish you were here” de Pink Floyd,  en honor a mi papá, entré con mi padrino al altar al aire libre, en dónde me esperaba mi flamante futuro marido.

Terminada la ceremonia, sonó: “One Love” de Bob Marley, y nos volaron pétalos de rosas blancas por el aire.

La recepción la presenciamos, (cosa que antes estaba casi prohibido), y una vez  que finalizó, entraron los invitados al salón.

Un rato después, entramos nosotros bailando y saltando. Otra de las nuevas tradiciones millenial. Nada de entrar con la marcha nupcial, ni algo por el estilo. De hecho tampoco hubo vals tradicional, lo que si, bailamos unos lentos de Frank Sinatra y Peter Frampton, pero nada mas.

Un dato no menor: había 180 invitados, pero ¡sillas para 140! La idea de la fiesta era que la gente circule por el salón y la galería, y no este sentada en una mesa con numero, ni con quien no tuviera ganas. ¡Nos desligamos por completo del stress de armar las mesas!

Las novias Millennial ya no quieren ser princesas. Quieren mantenerse fieles a su estilo y  eligen la comodidad que les permita bailar toda la noche. Vestidos de líneas fluídas, sexys o bohemios, accesorios comprados en algún viaje  y zapatos de cualquier color menos blancos.

Todo fue muy natural, aunque debo decir que al principio cuando planteamos esto a nuestras familias, nos miraron con mucho asombro y casi en desacuerdo, pero como conté antes, la boda era nuestra y nosotros decidimos todo.

Eliminamos por completo el tan tradicional “carnaval carioca” y en lugar de eso, repartimos algunos lentes de sol al estilo Ray Ban, unos caps y coronas de flores para el pelo y bailamos con “cumbia retro” como final de fiesta.

No dimos souvenir, en lugar de eso, alquilamos una cabina de fotos y cada invitado pudo llevarse un retrato divertido de ese día.

Amé mi boda, y la sigo amando. No me arrepiento de nada, y si tuviera que volver a hacerla no cambiaría absolutamente nada.

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